¿Cuál es el propósito?
¿Cuál es mi propósito?
¿Cuál es el propósito de la mente?
¿Cuál es el propósito de la vida?
¿Cuál es el propósito del universo?
¿Cuál es el propósito de todo?
¿Cuál es el propósito de la nada?
¿Cuál es el propósito del propósito?
Pensamos que el propósito nos da significado, algo que señala nuestra razón de ser; sentimos que nos da sentido, un llamado que nos da dirección a dónde llegar.
“Si no tengo puerto a dónde llegar, cualquier dirección me es favorable.” —Séneca
La razón por qué estoy aquí es para la finalidad con la que estoy aquí. Como si al saber por qué, sabré para qué.
‘Si sé quién soy, sé a dónde voy.’
Por lo general, asociamos la palabra “propósito” con algo profundo: la razón de nuestra existencia, la causa de nuestro nacimiento, para algunos cercana a lo divino, para otros apenas un cliché.
Sin embargo, el concepto de “propósito” trasciende su propia justificación existencial; incluso si no existe como principio inherente a la vida humana, sigue siendo una herramienta significativa para orientarla.

Pero si analizamos su etimología1 encontramos que pro- (hacia adelante) y positum (poner) dicen “poner adelante” (hacia el futuro), i.e., algo puesto (fijado, objetivo) a la vista, proyecto de futuro.
Y hay algo interesante en la cultura, donde esta palabra ha llegado a significar: intención. “Lo hiciste a propósito”.
Solo los “quiénes” tienen un por qué intencional, mientras que los “qué” tienen un por qué reactivo.
De la misma forma, parte de la naturaleza humana quiere sentir que hay un quién que tuvo la intención de hacer el universo y su razón por qué hacer el humano, proyectando sus intenciones en el cosmos.
¿Es el ser humano quién proyecta sus intenciones y propósitos en el cosmos?
O ¿será verdad que si existe una intención original para todo esto?
Tal vez deberíamos mejor preguntarnos: ¿cómo llegamos a contemplar el propósito?
REACCIÓN DEL RESULTADO
En cada suceso hay un proceso con el transcurso del tiempo; todo objeto reacciona a la interacción con otros objetos, esto conocido en esencia como el inevitable axioma de causa y efecto.
Desde la teoría general de sistemas o la cibernética, cualquier entidad que recibe estímulos, cambia de estado y responde puede modelarse como un sistema con entrada, proceso y salida.
En ese sentido, un átomo se comporta como un micro-sistema autorregulado:
- Entrada: absorción de energía por perturbación externa (e.g.: campo eléctrico o magnético, colisión).
- Proceso: reconfiguración del estado cuántico o energético (e.g.: transición electrónica, vibración nuclear).
- Salida: emisión de energía (e.g.: un fotón liberado al volver al estado base, una vibración, un enlace).
Físicamente no tiene propósito ni cognición, pero sí un flujo entrada–proceso–salida en términos de energía por lo que sistémicamente actúa como un micro-sistema cibernético natural.
No obstante, la unión de las cosas escala niveles holónicos: de lo ínfimo a lo vasto, hasta que, en cierto punto, la neguentropía deja de sostener por mera inercia y comienza a sostener por deseo.
I.e., el átomo persiste por obediencia a las leyes físicas (es porque es); una célula por el deseo biológico de ser (es porque quiere seguir siendo).
“Deseo” puede considerarse de forma figurativa, pero si lo consideramos como una forma primitiva de desear, en el sentido de que el sistema tiene la necesidad de sostenerse, su deseo sería pasar de 0 a 1; no quiere 0, quiere 1, no desde una experiencia cognitiva, pero sí desde una auto-programación, que por ser también primitiva, su autorregulación depende estrictamente de la prueba y error.
Su código auto-construye la celda dónde contiene todos los componentes para determinar si el estado es 0 o es 1, y para estar listo cuando haya presencia del material que le sirve para estar en 1.
Es allí precisamente cuando comienza la realimentación.

La autorregulación de la programación celular, depende estrictamente de la prueba y error por su simplicidad.
La complejidad del deseo se desenvuelve con la evolución hasta la aparición del holón que manifiesta los seres multicelulares2.
Tras una larga selección natural, en el Homo Sapiens descansó la suerte de poder dejar de depender de la suerte, aquel que en su complejidad posee una inteligencia que le provee la capacidad de reconocer y percatarse de la relación lógica-semántica de las cosas.
El cerebro humano no solo percibe el mundo: se percibe a sí mismo percibiendo.
Esa autorreferencia es un bucle de realimentación (feedback loop): el sujeto se convierte también en objeto de su propia observación.
Cada vez que actuamos, sentimos, o pensamos, el sistema mental registra no solo el estímulo, sino su efecto sobre sí mismo, y ajusta su comportamiento.
Cuando el sistema empieza a registrar no solo sus acciones, sino la distancia entre lo que es y lo que “querría ser”, emerge la noción de propósito.
Una célula al nivel puntual del deseo, sin la noción de tener por qué ni para qué lo hace, lleva una dirección en el momento sin saber; el humano al nivel lineal del propósito que desea cumplir, o deseo que se ha propuesto cumplir a través del tiempo.
El propósito no es más que la diferencia establecida entre un estado actual y un estado deseado, sostenida por la memoria y proyectada hacia el futuro.
Sin realimentación, no habría esa distancia: solo habría flujo inmediato de causas y efectos.
Gracias a la realimentación emerge la cognición, y es hasta el momento que surge la re-cognición a través de la lógica y la semántica, que aparece la teleología interna: la dirección, la meta, la corrección.
Por tanto solamente los seres con inteligencia lógica-matemática3 y lingüística-semántica4 contemplan el concepto del propósito5.
Al combinar la comprensión de que la realidad opera bajo principios lógicos y funcionales con la conciencia de que el observador puede reflejar esa misma estructura en sí mismo, surge la posibilidad de proyectarse hacia el futuro, de proponerse un fin y convocar la creatividad y la voluntad para alcanzarlo.
El único caso que conocemos ahora es la mente humana, que al ser consciente de sí misma y del paso del tiempo, necesita una narrativa para evocar la coherencia subjetiva.
NARRATIVIDAD INTERNA
Nuestra mente convierte ese proceso de corrección continua en historia.
El propósito, entonces, es la narrativización de la realimentación: el modo en que el cerebro da coherencia a sus múltiples bucles de error y ajuste, incluso prevención.
Sirviendo para inspirar la motivación y ajustar la perspectiva, las decisiones, la disciplina.
El propósito aparece como un ancla existencial: algo que evita que la vida se sienta como un mero fluir de estímulos sin dirección.
Es una construcción cognitiva que da coherencia a la experiencia.

Cuando se va a construir una casa, se planea su arquitectura, se consiguen los materiales, se construye, y se termina la obra.
Lo previmos, lo trabajamos, y lo conseguimos.
De la misma forma, hemos visto el resto de la realidad física y mental como una obra, una metáfora que nos tomamos de forma literal.
Fue a través de nuestra inteligencia que hicimos la casa, entonces naturalmente tendemos a pensar que otra inteligencia superior tuvo que haber previsto el cosmos, por tanto está trabajando para conseguir su propósito de realizarlo.
Pero eso no significa que el universo, o la vida, o la mente, o la nada o incluso el mismo propósito tengan un propósito, y no lo refuta tampoco.
La pregunta puede permanecer eterna: ¿existe EL propósito?
Por el momento mejor contemplemos: ¿qué pasa si no existe EL propósito? ¿Qué hay de malo en ello?
¿Qué pasa si el universo, la vida, la mente y tú se dieron aleatoriamente?
Puedes pensar que es asombroso que una inteligencia superior construyó todo esto, de la misma manera que puedes pensar que es asombroso a lo que puede llegar la aleatoriedad en miles de millones de años.
¿Qué hay de malo en que no exista EL propósito?
Al final de cuentas, toda tu vida te has estado poniendo propósitos, alcanzando algunos, cambiando otros, y con ellos te has movido en tu vida desde los pequeños deseos hasta los más grandes sueños.
¿Qué tal si no existe EL propósito?
¿Qué tal si nosotros lo creamos?
No podemos confirmar si el universo viene de la creación intencional, pero sí podemos confirmar que nosotros tenemos el poder de la creación en nuestra mente.
Podemos crear realidades en nuestra imaginación y sueños con nuestras intenciones.
Unas más distantes de la realidad6, otros más cercanas.
Pero podemos traer el cielo a la tierra; es decir, materializar nuestras ideas.
Entonces tú no tienes un propósito que encontrar, tú puedes crear tu propósito o varios.
Pueden haber propósitos nobles como perversos, dependiendo de la narrativa de cada quién y la subjetividad con la que se juzga a la entidad intencionada con tales etiquetas.
Alguien puede tener el propósito de construir el mundo como de destruirlo.
Pero el propósito viene con la vida, y aunque en la evolución de la vida esta se contradice muchas veces, sigue buscando la mejor manera de sustentar.
La vida era ciega, pero ahora ve.
La vida llevaba una dirección inconscientemente programada, pero ahora es consciente de lo que hay y lo que puede haber; de lo que es y lo que puede ser.
Desde allí el humano ha conocido y reconocido el error y el reajuste, dando espacio al deseo de alcanzar una visión adelante.
La meta deja de ser plana, y adquiere profundidad; una distancia ortogonal al presente que se percibe en la imaginación como posible tiempo futuro.
Si el universo no tiene propósito, no tiene sentido, y por tanto nuestros propósitos tampoco tendrían sentido, y daría igual vivir que morir.

Antes de contemplar esa indiferencia existencial, la mente ya creaba objetivos, planeaba sus metas, y realizaba lo propuesto.
Frente a esa indiferencia existencial, podemos darnos cuenta que el propósito no es necesariamente del universo, sino de la evolución del deseo de vivir que emerge de la evolución de la neguentropía.
El universo sigue inerte, pero nosotros ya creamos una dirección.
El propósito le da sentido propio a la vida frente al vacío emocional que concibe el intelecto en la ausencia de sentido universal.
Ese es el propósito que le podemos crear al propósito, que nos de sentido hacia dónde ir.
No es ¿por qué? es ¿para qué?
No sabemos si el universo tiene intención y narrativa, pero sabemos que podemos darle intención y narrativa.
La mente también existe, ¿acaso no la percibes? ¿no la experimentas? no es fenomenal, es noumenal, otro tipo de existencia.
Desde el vacío noumenal creamos el sentido y propósito de la vida.
Somos una forma del cosmos para tener propósito.
Que el propósito del propósito sea darnos el sentido de dirección en la vida, sea cuál sea su verdadera naturaleza.
Aprovechemos el propósito.
- Que el mismo acto de caminar y ver significa que lo que ves hacia dónde caminas es el futuro dónde estarás presente mientras camines hacia ello, por eso el futuro se siente hacia adelante, y caminar se siente ir hacia el futuro. ↩︎
- Plantas, hongos, animales. ↩︎
- Lógico-matemática: permite estructurar el mundo en relaciones de causa-efecto, fines-medios. Pensar en términos de dirección, función, teleología. ↩︎
- Lingüístico-semántica: da la capacidad de nombrar, narrar y transmitir ese orden. Sin lenguaje, el concepto de propósito se diluiría en sensaciones, pero no se fijaría como idea. ↩︎
- Sin esas dos inteligencias, no habría la abstracción “propósito” como tal. Podría haber instinto (sobrevivir, reproducirse, proteger la manada), pero no un propósito formulado. A pesar de que existen otras inteligencias de acuerdo a Howard Gardner (como musical, espacial, corporal, interpersonal, intrapersonal, naturalista, etc.), un músico puede sentir que su vida “tiene propósito” al tocar, pero la articulación de ese “propósito” es fruto del lenguaje y la lógica, no de la música en sí. ↩︎
- La distancia es la probabilidad de que el propósito imaginado y planeado suceda en la realidad. ↩︎


