¿Qué soy?
¿Quién soy yo?
¿Qué es lo otro?
¿Qué es todo esto?
¿Por qué algo y no nada?
¿Cómo sé todo esto?
Estas preguntas son tan esenciales en la vida del ser humano, que han acompañado nuestra mente durante milenios.
Evolucionando la elegancia de sus respuestas en el paso del tiempo con el arte, la religión, la filosofía, la ciencia; maravillándonos en el continuo misterio implícito que cada definición asombra nuestra consciencia.
Pero para poder preguntar todo esto, no basta de palabras, lógicas o incluso curiosidad; algo más fundamental es necesario antes de llegar a la habilidad de cuestionar.
Se necesita conocer.
Conocer es la singularidad ontológica que conlleva a la experiencia.

Considerando la etimología de experiencia: ex- (“fuera”, “hacia afuera”) y periri / per (“probar”, “atravesar”, “pasar por”, “arriesgar”), experieri significa literalmente “probar atravesando algo”, “ponerse en peligro”, “salir al encuentro”.
La experiencia se diferencía de la información1, pues ella es algo que te pasa, algo que atraviesas, algo que te afecta.
Sin exposición, sin riesgo, sin afección, sin alguien: no hay experiencia.
Experiencia significa haber salido al mundo y haber sido afectado por ello.
Con la experiencia continua hay aprendizaje y sin todo esto, no llegamos a las palabras, ni la lógica, ni a la curiosidad.
Esto es algo importante, porque solo se encuentra en la vida.
Entonces: “¿Cómo sé todo esto?”
ELEMENTOS DEL CONOCIMIENTO
Antes de cualquier teoría, de cualquier explicación o sistema, hay un hecho irreductible: conocer ocurre.
Algo conoce, algo es conocido, y algo sucede entre ambos.
Se da esa relación viva que se despliega cada vez que el mundo se presenta y alguien lo recibe.
El suceso de esta relación es el conocimiento.
Para entender mejor el conocimiento se puede comenzar por distinguir cuatro elementos que lo constituyen: el sujeto, el objeto, la operación y la representación.
EL SUJETO
Se trata de la persona que conoce; se llama también sujeto cognoscente.
Es aquel que capta algo, el que se posesiona con su mente de las características de un ser.
Las facultades cognoscitivas (ojos, oídos, entendimiento, etc.) posibilitan que haya alguien que se dé cuenta de lo que pasa alrededor de él.
Ese centro del conocimiento es el sujeto cognoscente.

El sujeto es el punto de partida de todo conocimiento.
No como objeto de estudio, sino como condición de posibilidad: sin alguien que perciba, atienda y comprenda, nada puede ser conocido.
Todo conocer supone un centro desde el cual el mundo se hace presente.
Ese centro es el sujeto cognoscente.
EL OBJETO
Es la cosa o persona conocida.
Precisamente se trata del polo opuesto en esa relación peculiar que es el conocimiento.
Siempre el sujeto conoce un objeto.
El acto de conocer une estos dos elementos, el sujeto y el objeto, de tal manera que la cosa conocida no se llamaría objeto si no fuera porque es conocida.
Y del mismo modo, la persona que conoce, se llama sujeto por el hecho de conocer a un objeto.
I.e., sujeto y objeto son dos términos correlativos; uno supone al otro, como la derecha supone la izquierda, y el padre supone al hijo.
En esta correlación cognoscitiva, el sujeto se modifica durante el acto del conocimiento. En cambio, el objeto queda tal cual.
El objeto es aquello hacia lo cual se dirige el conocimiento.
No existe conocimiento en el vacío: todo conocer es siempre conocer algo (entre uno y otro).
LA REPRESENTACIÓN
Ahora tratemos de introducirnos en el fenómeno interno del conocimiento.
En las facultades cognoscitivas del sujeto se producen ciertas representaciones; y se llaman así porque de algún modo tratan de reproducir (referirse o representar) en la mente del sujeto lo que pasa en el exterior.
Cualquier persona puede darse cuenta de esto, cerrando por un momento los ojos y reproduciendo en su interior la imagen de los objetos que tiene alrededor.
La representación es esencialmente diferente del objeto captado.
El idealismo y el realismo difieren aquí notablemente.
Para un idealista el objeto o término de nuestro conocimiento es el fenómeno o representación inmanente.
En cambio el realista sostiene que lo que se capta directamente es el objeto extramental, por medio de representaciones inmanentes; las cuales son conocidas hasta un segundo acto cognoscitivo, en el cual el sujeto retrotrae su atención y reflexiona sobre sus mismas representaciones y las considera como objeto directo de su actividad cognoscitiva.
Las representaciones tienen, en su inmanencia, una existencia intencional, es decir, una referencia esencial a un objeto trascendente.
Por inmanencia nos referimos a que existen en ti (inmanentes), pero están dirigidas a algo fuera de ti (intencionales); esa “flecha” hacia el exterior es la intencionalidad.

-El ícono → es inmanente (sólo existe en la pantalla).
-La carpeta real en el disco duro → es trascendente (existe fuera del ícono).
La mente hace algo parecido: tiene un “ícono interno”, pero ese ícono apunta a algo externo.
La sensación del equilibrio es intramental (dentro de tu mente / sistema nervioso) y es inmanente (forma parte esencial de tu modo de estar en el mundo) seas consciente de ello o no en este momento o en el que sea.
La representación no coincide, pues, con el objeto conocido, pero se refiere a él.
La representación interna es, pues, un contenido intramental que se refiere a un objeto.
El objeto, la mayor parte de las veces, es extramental, o sea, fuera de la mente (a menos que el objeto sea algo mismo de lo intramental, la representación misma por ejemplo).
LA OPERACIÓN
Este es el acto de conocer.
Es el proceso psicológico necesario para ponerse en contacto con el objeto y lograr obtener una representación fiel de dicho objeto.
Nótese que no es lo mismo el acto de ver (o el acto de oír o el de pensar; todos ellos: operaciones cognoscitivas) que la representación obtenida en el interior del sujeto cognoscente, una vez realizados dichos actos2.
La operación cognoscitiva dura un momento, es casi instantánea. En cambio, la representación obtenida perdura en el interior del sujeto, en su memoria, de la cual se puede extraer en el momento que se quiera con un nuevo esfuerzo mental.
I.e., como analogía: la representación es semejante a la fotografía que queda ya impresa en la cámara fotográfica. La operación es semejante a la acción instantánea en la que se oprime el botón y se abre el obturador.
Una cosa es conocer (verbo, operación, acción) y otra es la representación interna de lo conocido (sustantivo), y que se obtiene como resultado del anterior esfuerzo.
Husserl llama noesis y noema a estos dos aspectos del conocimiento.
Noesis es la operación del sujeto, la vivencia interna que ocupa un momento en el tiempo. El noema, en cambio, es el polo objetivo del conocimiento, o sea, el contenido mismo, aquello a donde tiende la intencionalidad.
Comúnmente se llama saber a la acumulación de representaciones. Una persona sabe tanto más cuanto mayor sea el número de sus representaciones. Advirtamos también que lo que ya se ha aprendido, aunque se olvide, se conserva en la memoria e influye, inconscientemente, sobre nuestra actividad consciente. Por eso, no es lo mismo la ignorancia de la persona que ha olvidado algo, que la de la otra que nunca lo ha sabido.
Es importante distinguir entre conocer como acto y lo conocido como contenido. La operación no es lo que se conserva, sino aquello que permite que algo pueda ser conservado como representación.
En ese sentido, la operación es el puente: sin ella no hay representación, y sin representación no hay conocimiento duradero.

Teniendo ya descritos suficientemente los cuatro elementos que componen el conocimiento, podemos integrarlos para dar una definición del conocimiento:
Es la operación por la cual un sujeto obtiene representaciones internas de un objeto.
REPRESENTACIONES SENSIBLES E INTELIGIBLES
Existen dos tipos de representaciones internas, muy diferentes las unas a las otras, y completamente irreductibles.
Veamos primero lo que determina a cada uno, y después indaguemos un poco sobre su definición irreductible entre ellas.
Al primer tipo (representaciones sensibles) lo vamos a llamar imágenes. Al segundo (representaciones inteligibles) le vamos a llamar pensamientos.
REPRESENTACIÓN SENSIBLE
Piensa en un reloj.
¿Ya?

Si le muestro a un niño mi reloj de pulsera, el niño lo puede ver y formarse internamente la imagen de ese reloj. Igualmente, le muestro un reloj-despertador, y el niño se forma una imagen correspondiente. Lo mismo sucede cuando le muestro un reloj de arena y un reloj de sol. Todos estos relojes tienen una forma diferente, y el niño es capaz de captar su correspondiente imagen concreta. El hecho de poseer facultades sensibles, como la vista y el oído, lo capacita para captar representaciones sensibles.
Notemos la propiedad más importante: cada imagen es singular, o sea, se refiere a un solo objeto bien determinado.
La imagen del reloj-despertador sirve para representar a ese reloj-despertador; pero no al reloj-pulsera, aunque los dos sean relojes.
Reflexionemos sobre nuestras propias imágenes. Poseemos un caudal muy rico y variado de ellas. Representan objetos de diferentes colores, tamaños, proporciones y figuras.
Contienen datos particulares, concretos, pertenecientes a un objeto determinado.
Además, los podemos combinar entre sí, y aunque nunca hayamos visto un pegaso, lo podemos imaginar como un caballo alado.
También tenemos representaciones sensibles percibidas por otros sentidos como el oído, el olfato o el tacto; y aunque no las llamemos imágenes, de todas maneras las podemos recordar y combinar como en el caso de las imágenes visuales3.
REPRESENTACIÓN INTELIGIBLE
Las representaciones intelectuales difieren de las sensibles.
Prosiguiendo con el mismo ejemplo, notemos que todos esos relojes, con ser tan diferentes externamente, tienen sin embargo algo en común, y que nos permite formarnos una nueva representación que los abarque a todos por igual.
En efecto, todos esos relojes son “aparatos para medir el tiempo”. Pues bien, cuando pienso en el significado de esta frase entre comillas, tengo en mi mente la representación intelectual de “reloj”.
Dicho de otro modo: el hombre es capaz de abarcar todos los seres de la misma especie (como los relojes) con un solo pensamiento que los identifica a todos ellos por igual.
Si pienso en “reloj”, me estoy representando a todos esos aparatos ya descritos; pero naturalmente, sin tomar en cuenta las características que los distinguen entre sí (como color, el tamaño, la figura externa), sino sólo aquello que contienen en común (la esencia; la semántica), como en este caso, el hecho de ser “aparatos para medir el tiempo”.
También así es como pensamos en cosas que no vemos nunca, como la virtud, la justicia, la ley, la inteligencia, el mismo pensamiento, etc.
Entonces la representación inteligible capta la universalidad, o sea, el hecho de referirse por igual a una serie de objetos que presentan alguna característica en común.

Mientras que las representaciones sensibles son singulares, las representaciones inteligibles son universales.
Quedan así totalmente distinguidas unas de otras.
Por ejemplo: me puedo imaginar a mi padre, y la imagen tendrá características bien concretas, sólo aplicables a mi padre. Puedo también pensar en la idea de padre como un “sujeto masculino que engendra a otros de su especie”. Con este pensamiento, que puede ser simultáneo a la imagen singular, me elevo a un terreno universal, que abarca por igual a todos los padres posibles.
Nótese que la ciencia va a deber su avance a la posibilidad que tiene el hombre de formarse pensamientos universales. Las leyes científicas, en efecto, son pensamientos universales. Al químico no le interesa tanto este pedazo de azufre, sino las propiedades de todo azufre.
Gracias a esta distinción, el ser humano no solo percibe el mundo, sino que lo comprende: puede unificar la multiplicidad de lo sensible en significados, ideas y leyes. En ello se apoya tanto el pensamiento filosófico como el desarrollo de la ciencia.
EL LÍMITE ENTRE NATURALEZAS
El principio de polaridad afirma que los polos opuestos son aquellos que son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado, como: calor / frío, odio / amor, rápido / lento, etc.
Dicho esto, hay que recordar que lo sensible y lo inteligible: no son naturalezas opuestas, son diferentes naturalezas.
I.e.: no pueden explicarse, transformarse ni sustituirse unas por otras sin perder su naturaleza.
Las imágenes (sensibles) y los pensamientos (inteligibles): no son grados de lo mismo, no son versiones más complejas una de la otra, no pueden traducirse plenamente entre sí.
No es que sean “muy distintas”, sino que pertenecen a órdenes distintos del conocer.
IMAGEN
Una imagen es concreta, tiene cualidades sensibles (color, forma, sonido, movimiento), siempre es particular.
Ejemplo:
- la imagen visual de este árbol
- el sonido imaginado de una voz
- la sensación corporal de equilibrio
No importa cuánto la analices: nunca se vuelve concepto.
PENSAMIENTO
Un pensamiento es abstracto, no tiene color, forma ni sonido, es universal.
Ejemplo:
- el concepto de “árbol”
- la idea de “equilibrio”
- la noción de “humanidad”
No importa cuánto lo concretes: nunca se vuelve imagen.
Es irreductible porque lo sensible opera por semejanza y lo inteligible opera por universalidad. Son dos modos de representación distintos, no dos niveles del mismo modo.
IRREDUCTIBILIDAD
Puedes tener mil imágenes de árboles y ninguna de ellas es el concepto “árbol”. Puedes entender perfectamente qué es un triángulo sin imaginar ningún triángulo concreto.
El principio de polaridad establece que los polos opuestos son distintos en grado, pero iguales en naturaleza (frío-calor, oscuro-iluminado, odio-amor), i.e.: en ellos hay continuidad y la posibilidad de pasar gradualmente de uno al otro, al reducirse uno a otro por cambio de grado.
La distinción es cuantitativa.
A diferencia de este principio, lo sensible y lo inteligible no son grados de lo mismo, ni tienen continuidad, ni puedes moverte de uno al otro aumentando o disminuyendo algo.
La distinción es cualitativa.
Una imagen nunca puede convertirse en pensamiento, ni un pensamiento en imagen, sin dejar de ser lo que es.
COMO ES AFUERA ES ADENTRO
Así como el ser humano ha dirigido su mirada hacia el mundo exterior, ha llegado su momento —por su nueva metacognición— de cruzar el umbral opuesto: el mundo que habita en su interior. Un territorio tan vasto y profundo como el universo que observa, aunque infinitamente más cercano.
Su ámbito no se mide en distancias ni magnitudes, sino en profundidad, sentido y experiencia.
La mente no es un simple instrumento, sino el lugar donde el ser se manifiesta y se interpreta.
Cada decisión que tomamos, cada forma de actuar y de interpretar la realidad, puede transformarse cuando somos conscientes de los procesos que nos atraviesan desde dentro.
La palabra, fruto de la inteligencia simbólica y semántica, ha permitido ordenar la experiencia y hacerla pensable. Nombrar es abrir un espacio de acceso: podemos movernos entre conceptos universales y formas singulares, entre lo inteligible y lo sensible, explorando las representaciones que configuran nuestra relación con el mundo.
Pensamos pensamientos, contemplamos imágenes, habitamos sueños, atravesamos sensaciones, emociones y memorias. La experiencia interna se despliega como un campo legítimo de conocimiento, tan estructurado y fecundo como el mundo que percibimos.
Todo un omniverso por conocer.
Es inevitable al final aceptar la existencia de dos naturalezas proveedoras de un mundo respectivo: uno que se presenta a la conciencia (fenomenal) y otro que se constituye en ella (noumenal). Ambos se reflejan y se recrean mutuamente, dando forma al ser y orientando su hacer.
¿Qué más nos espera conocer?
- No se debe de confundir tampoco con el aprendizaje de máquina que se programa en la IA pues ciertamente este carece de la sintiencia para poder alcanzar la experiencia. ↩︎
- Esta es la razón por la cual, el hecho de que una Inteligencia Artificial General (AGI, conocida así por sus siglas en inglés) procese y relacione imágenes, audios, textos, y te responda como lo haría un humano, sigue sin haber conocimiento en ese centro de datos, pues ni los sentidos ni la señal son el conocimiento per se, sino son el medio que provee la data para el sujeto cognoscente (sumemos a parte que la IA no interpreta nada de la imagen, ni del sonido, ni del significado, más que puro código binario de máquina, las matemáticas lo ordenan al nivel de emular inteligencia); por tanto el conocimiento es la representación de lo que se capta de los sentidos y no el procesamiento binario emulador. ↩︎
- Cabe aquí una pequeña digresión sobre este fecundo terreno de las representaciones sensibles. Ellas forman el material propio de un artista. Desde el inconsciente, y no sin algún esfuerzo consciente, logra nuevas y originales imágenes, que pueden llegar a ser auténticas creaciones. La fantasía, o imaginación creadora es la característica del pintor, del poeta, del arquitecto. Con ella produce la obra de arte, que es una idea vieja encarnada en una imagen nueva. La Estética se ocupa de este fenómeno artístico, que últimamente ha sido especialmente investigado por la filosofía viendo en ello uno de los medios más poderosos para la penetración en el ser de los entes. ↩︎


